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“Cuando despertó, el predicador y el mundo todavía estaban allí”.

(Adaptación del famoso micro cuento de Augusto Monterroso, “El dinosaurio”, para la predicción fallida del predicador H. Camping, sobre el mega terremoto que sacudiría a la tierra la tarde de ayer, 21 de mayo de 2011, y que daría inicio al Apocalipsis.)

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Sobre el nacimiento de nuestra nación

 

Hay de mitos a mitos…, algunos se crean para deformar o maquillar la realidad –esos que pueden ser no del todo nocivos: sólo desinforman–. Hay otros que, además de desinformar, son letales y determinantes, no sólo para la historia, sino para la consciencia, el carácter y el destino de toda una nación.

Así como el Padre Hidalgo (también padre de muchos hijos) fue el iniciador de lo que luego se convertiría en el movimiento independentista, movimiento que fue continuado por una gran cantidad de hombres y mujeres (algunos verdaderos héroes), el consumador de dicho movimiento fue el general Agustín de Iturbide, ex militar realista, después convertido en insurgente. Fue él quien junto con el último virrey de la Nueva España, Juan O’Donojú y O’Ryan, firmó el Tratado de Córdoba, en agosto de 1821, que daba la independencia a México de España. También fue la cabeza del Ejército Trigarante que luchó y venció a los realistas y españoles y entró triunfal a la ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821 (11 años, 11 días después de iniciadas las hostilidades por Hidalgo y compañía, aunque el propósito de éstos haya sido otro). Una vez consumada la guerra de Independencia, quedó a cargo del gobierno provisional de la nueva nación. En mayo de 1822, fue proclamado primer emperador de México, con el nombre de Agustín l.

Sin embargo, en diciembre de ese mismo año el tristemente célebre y antiguo allegado, Antonio López de Santa Anna, empezó a conspirar en su contra logrando que los insurgentes republicanos inconformes con el nuevo imperio conservador se levantaran en armas. Por si fuera poco, el gobierno de los Estados Unidos también conspiraba en su contra, mediante su representante (y después embajador) Joel Robert Poinsett junto con las logias masónicas del rito de York, que dependían de la Gran Logia de Filadelfia, las cuales eran pro doctrina Monroe (“América para los americanos”), además de liberales radicales, anticlericales o anticatólicas y antiespañolas. Con todo esto en su contra, Iturbide se vio obligado a abdicar a la Corona, en marzo de 1823, para evitar ­–según palabras de él– mayores problemas a la nación. Se exilió en Europa (en Italia). Durante esos días de exilio, fue declarado por el Congreso Nacional como traidor a la Patria y fuera de la ley.

En febrero de 1824, Iturbide envió una carta al Congreso Nacional en la cual exponía, a detalle, los graves riesgos que corría la independencia lograda por la recién creada nación. Les hacía ver las maquinaciones urdidas por la Santa Alianza (compuesta por Austria, Prusia, Rusia, Inglaterra y Francia) y por Fernando VII para reconquistar “la Joya de la Corona”: la Nueva España, a la vez que ponía incondicionalmente a disposición de las autoridades –el Congreso Nacional y el Poder Ejecutivo– su espada, es decir su persona con toda su experiencia y sapiencia en contra del posible invasor. El Congreso y el Ejecutivo no lo quisieron escuchar, pues, entre otras cosas, temían que los derrocara, que les quitase el poder, como éstos ya lo habían hecho en su contra. Sin embargo, aprovecharon para ratificarlo como traidor a la Patria, como enemigo del País.

En mayo de 1824, días antes de su embarco a México, se dieron órdenes para aprehenderlo y matarlo, en caso de regresar a suelo patrio; órdenes que el ex Emperador desconocía –pues nunca se las comunicaron– si no hasta que llegó a costas mexicanas.

El 11 de mayo, embarcó en Inglaterra rumbo a México en el bergantín Spring. El 14 de julio llegó a Soto la Marina, Tamaulipas. Nadie de sus antiguos allegados estuvo para recibirlo. Sin embargo, apenas desembarcó y montó su corcel fue reconocido por algunos militares, pues pocos tenían su agilidad, garbo y prestancia en el caballo. Fue conducido con el general Felipe de la Garza, encargado del pequeño puerto, quien lo aprehendió y envió a la Villa de Padilla (entonces capital del estado de Tamaulipas) para que allí el Congreso Local decidiera qué hacer con el insigne preso.

(Aquí cabe hacer una observación sobre este obscuro personaje, Felipe de la Garza. Dos años atrás, este militar había caído preso por parte del Ejército Imperialista. Tenía asegurada la pena de muerte, pues así era como se castigaba a los militares caídos en aquel entonces. Sin embargo, por razones que nadie entiende, el Emperador Agustín I, al verlo tan arrepentido, le perdonó la vida y le restauró los rangos que poseía como militar. Para desgracia de Iturbide, el tal de la Garza no supo corresponder a su benevolencia y, a sabiendas de lo que le esperaba, éste lo mandó a Padilla, al cadalso.)

El Congreso tamaulipeco decidió fusilarlo, sin darle oportunidad alguna de exponer las razones de su regreso a México. Es decir, lo sentenció a pena de muerte sin escucharlo, sin juzgarlo; sólo ejecutó las órdenes que el Congreso Nacional había dictado meses atrás. Agustín de Iturbide murió fusilado el 19 de julio de ese mismo año, a las 6:00 de tarde, en la plaza principal del pueblo, vistiendo un humilde sayal franciscano; no le permitieron vestir su uniforme militar. Horas después, su cuerpo fue trasladado al salón de Congreso estatal para velarlo. Al día siguiente, fue enterrado en un burdo ataúd de madera, en la iglesia local, dedicada a San Antonio de Padua, que se encontraba en pésimas condiciones, prácticamente en ruinas. Allí estuvo el cadáver olvidado hasta 1838, cuando el entonces presidente Anastasio Bustamante, fiel amigo y partidario del ex Emperador, hizo trasladar sus restos con todos los honores a la ciudad de México, a la Catedral Metropolitana, donde actualmente descansan.

El autor de nuestra independencia, quien es el verdadero Padre de la Patria, fue ultimado por los mismos mexicanos; no murió por el fuego español, murió cobardemente asesinado y humillado por los mismos que lo acompañaron en la lucha independentista, por los mismos que él acaudilló, liberó del yugo español y dio patria. Hoy sigue siendo un personaje desacreditado en la historia nacional. ¡Triste, negra y nefasta historia la nuestra!

Sin embargo, para su fortuna, momentos antes de ser cruelmente asesinado nuestro emancipador pudo expresar de viva voz, desde lo más profundo de su ser, las siguientes palabras: ¡Mexicanos!, en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión: ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre vosotros. Muero con honor, no como traidor. No quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha. No soy traidor, no. Guardad subordinación y prestad obediencia a vuestros jefes: hacer lo que ellos os manden es cumplir con Dios. No digo esto lleno de vanidad, porque estoy muy distante de tenerla.

Ahora bien, supongamos que de todo lo que se le acusó a Iturbide hubiese sido cierto. ¿Merecía la muerte por ello? Como castigo pudo haber sido forzosamente exiliado, con una decorosa pensión, a cualquier país lejano para jamás volver, pero nunca la muerte y la humillación, como tristemente la tuvo. En la mayoría de las naciones, sus libertadores son los personajes más queridos y respetados, quienes reciben los más grandes honores, George Washington, por ejemplo, en los Estados Unidos. Y sería impensable que los mismos norteamericanos, ex allegados de él, lo hubiesen asesinado. Pero nuestro México es otra historia…

Como dato curioso, desde que Iturbide fue fusilado en la Villa de Padilla o la Antigua Padilla, esta población empezó a sufrir toda clase de calamidades: sequías, inundaciones, epidemias…, hasta que en el año de 1970 construyeron la presa Vicente Guerrero o de Las Adjuntas, que inundó toda la cabecera municipal hasta hacerla desaparecer por completo. (Vicente Guerrero fue primero allegado de Iturbide y después su enemigo.) Hoy en día, sólo es posible ver partes de la ruinosa iglesia y de la escuela cuando el nivel de las aguas es muy bajo. De hecho, hay o hubo un pequeño monumento en el lugar donde fue ejecutado nuestro héroe. La población fue trasladada a unos kilómetros del lugar llevando el nombre de Nuevo Padilla. Existe una vieja sentencia entre los lugareños: Cuando Iturbide murió, Padilla murió con él. Vaya que si tal sentencia es cierta. Y quizá hoy, a como están las cosas aquí, ésta bien podría aplicarse al resto del país.

En conclusión, una nación que asesina a quien la hizo patria, a quien la emancipó, no puede ser llamada nación. Una nación que asesina a su padre es una nación no bien nacida, una nación desnaturalizada y enferma, por tanto, tampoco puede tener buen destino; y bien se le puede llamar “Ingrata y Parricida”. Además, una nación que, después de 200 años, no aprovecha el momento histórico para corregir y ordenar su historia, para lavar sus culpas, para sacar del descrédito y del olvido a su verdadero Padre y Libertador y de darle el lugar que amerita, bien merece ser llamada doblemente “Ingrata y Parricida”. ¡Felices fiestas!…

 Jorge Adame Martínez

 

Una de las características más peculiares del mundo moderno es el exceso; característica que se manifiesta en todas las áreas de la vida: en la producción, en el consumo, en los deseos (ambiciones), en el pensamiento, en las emociones, en los placeres, en los problemas, en la información, en las innovaciones, en el conocimiento…

 

Un elemento que es imprescindible en el exceso, y que es como la otra cara de la moneda, es la insaciabilidad o insatisfacción. Es decir, para que exista el exceso debe estar presente necesariamente, en alguna medida, la insaciabilidad y viceversa. Uno no puede existir sin el otro.

 

El mundo moderno ha diseñado un sistema de vida basado en la felicidad (y su búsqueda) como el bien supremo por conquistar. Sin embargo, en nuestra muy particular concepción de las cosas creemos que para ser felices es imperativo realizar todos nuestros cuantiosos e interminables deseos –los que cada día aumentan en número y complejidad, porque cuando finalmente logramos uno, ideamos otros más y mejores por alcanzar–. (Es como el caballo que persigue, infructuosamente, la zanahoria que trae prendida a sí mismo; es el cuento del nunca acabar.)

 

Esta obsesiva y estéril búsqueda de la felicidad perpetua, con todas sus desviaciones y excesos, ha perturbado enormemente a los individuos, a la sociedad y a la naturaleza misma, porque hemos generado, irónicamente, lo contrario a lo que ambicionamos: infelicidad a raudales. En pocas palabras, en todos los sentidos hemos logrado alterar, significativa y negativamente, tanto la vida humana como la del planeta.

 

Ahora bien, como los excesos cotidianos tienden a hacerse familiares, predecibles y hasta monótonos, nos hemos visto en la necesidad de idear, para nuestro beneplácito (mas no bienestar), determinadas fechas donde los excesos se exageran aún más: la Semana Santa (antiguos días de guardar), las Fiestas Patrias, los aniversarios…, y principalmente la Navidad y el Año Nuevo.

 

Estas fiestas decembrinas (religiosas) y de inicio de año las hemos ido trasformando, con el paso del tiempo, en una especie de fiestas orgiásticas: todo fluye en abundante exceso; se híper consume todo tipo de cosas: regalos, comida, alcohol, fiestas…; se generan cuantiosas emociones, compulsiones, estrés, desperdicios, tráfico…

 

Sin embargo, y de acuerdo a como se vislumbran las nuevas circunstancias económicas mundiales, quizá éstas sean las últimas épocas donde se van a presentar esta clase de excesos con tal abundancia. Es muy factible que el futuro inmediato sea muy restringido y diferente a todo lo que hemos vivido, al menos en cuanto al consumo, placeres y comodidad se refiere. No obstante, como somos una sociedad que está condicionada, o condenada, a vivir en los excesos, éstos no nos abandonarán; sólo cambiarán. Es decir, existe la enorme posibilidad de que en un futuro muy cercano lo que tengamos sean excesos pero de problemas, de tristeza, de nostalgia, de anhelos, de lamentos, de carencias, de angustias, de frustraciones…; y en determinadas fechas, en particular las navideñas, estos sentimientos, añoranzas y contrariedades sean, sin duda, aún más abundantes e intensos.   

 

En síntesis, nosotros somos creadores y, a la vez, producto de una sociedad en la cual el exceso es la pauta; en la cual siempre deseamos o ambicionamos más, porque mucho o todo jamás es suficiente. Para fortuna o desgracia nuestra, los excesos difícilmente cesarán ya que no sabemos vivir de otra manera; además, si no los tenemos, gozamos de la “prodigiosa” capacidad para generarlos a raudales, aunque sean de tipo mental o emocional. ¡Faltaba más!

Jorge Adame Martínez

 

Como nunca antes en su historia, el mundo vive tiempos inéditos, provocados principalmente por la devastadora e impredecible crisis económica globalizada. Dicha crisis, entre otras cosas, está revelando o poniendo al descubierto una gran cantidad de problemas, deficiencias y realidades no resueltas de nuestra sociedad. Tales dificultades, desafortunadamente, con el paso de los días se irán multiplicando y agudizando.

 

Se sabe que los prolongados problemas económicos causan estragos en quienes los sufren porque, además, afectan otras áreas del vivir. Por ejemplo, en las parejas suelen incrementarse los conflictos y fricciones, así como el número de separaciones y divorcios; el ambiente familiar, social y laboral tiende a estresarse, violentarse y resquebrajarse; la autoestima, a deteriorarse; las enfermedades, tanto físicas, psicológicas como psicosomáticas, a aumentar e intensificarse; etc.

 

Sin embargo, se está presentando una situación, un tanto inexplicable, que no está relacionada con la actual crisis económica, pero que es paralela a ésta, y que la mayoría estamos padeciendo (y de la que pocos están conscientes): el “insólito” y “casual” surgimiento, o resurgimiento, de infinidad de graves y añejos problemas, así como la revelación o descubrimiento de innumerables secretos o asuntos escabrosos que por años han estado ocultos.

 

Este extraño y progresivo ambiente, de aparente aspecto fortuito y sincronizado (por la forma y los tiempos como se está manifestando), abarca todos los niveles: individual, familiar, social, empresarial, gubernamental, internacional…, así como todos los espectros del vivir. Por ejemplo, enfermedades, adicciones, problemas psicológicos, problemas con nosotros mismos o con el mundo que creíamos superados, controlados u olvidados reaparecen, pero ahora con mayor complejidad e intensidad; dificultades, discordias o compromisos no saldados entre familias, amistades, socios, grupos, instituciones, religiones, gobiernos o naciones, igualmente reaparecen, se agravan… Asimismo, son descubiertas infinidad de relaciones prohibidas, incestuosas, extramaritales…; de traiciones o ilícitos bastante ocultos; de secretos o mentiras muy bien guardados; etc. También, hay que señalar, el aumento en la cantidad de hechos violentos, espontáneos e “inexplicables”, como desmanes, agresiones, crímenes… sin causa aparente, por parte de un creciente número de individuos (“que repentinamente se vuelven locos”).

 

Por desgracia, este escabroso entorno agravará todavía más la ya, de por sí, compleja problemática que estamos viviendo; lo que hará aún más difícil el poder superarla y el predecir su consumación.

 

Finalmente, los problemas y las revelaciones pululan, se agravan y se multiplican cada día más, y nadie sabe cómo enfrentarlos adecuadamente. O quizá, también, esta complicada situación no tenga mayor solución porque, justamente, podría ser el gran detonador que va a modificar o a consumar el modo de vida actual. Sin embargo, es el tiempo, como siempre, el que tiene la última palabra. Mientras tanto, sólo nos queda el seguir encarando o capoteando, de alguna manera, la creciente ola de problemas que, sin duda, nos continuará azotando.

Jorge Adame Martínez

 

Invariablemente, los problemas económicos generan un sinnúmero de dificultades en todos aquellos quienes los padecen; cuando se trata de crisis económicas más extendidas, la situación incluso se torna peor. Ahora, cuando la crisis es globalizada, como la actual, sus consecuencias serán, sin duda, todavía más graves, dolorosas e impredecibles, dado que ésta es la primera vez que el mundo enfrenta un desastre de dimensiones aún incalculables.

 

La realidad es que la presente mega crisis es consecuencia directa de nuestra excesiva ingenuidad, miopía y, principalmente, prepotencia y concupiscencia. Diseñamos un modelo económico y, peor aún, de pensamiento que exacerba los excesos (y la insatisfacción) en todos los sentidos, y que, por ende, provoca perder la perspectiva del mundo y de nosotros mismos. (Hay que recordar que la psique humana es muy sensible, maleable, y que fácilmente pierde su centro o ubicación.) Además, el mundo globalizado, que creamos, es un todo único y cerrado (el que por más grande que aparente ser se halla totalmente limitado y confinado en sí mismo) y, por lo tanto, falto de diversidad y de alternativas o salidas.

 

En pocas palabras, el mayor problema que estaremos enfrentando y que es de muy complicada solución es el siguiente: mientras los pueblos previo a la globalización recurrían al exterior (a otras naciones) en busca de auxilio; desafortunadamente, ¡hoy no hay a dónde recurrir, porque hoy no hay exterior!

 

Ahora bien, aquí surgen las grandes preguntas de difícil respuesta: ¿cómo vamos a resolver esta problemática?, ¿cuánto tiempo nos llevará salir de ella?, ¿cuáles serán los costos que tengamos que pagar? Por desgracia, nadie sabe; sólo hay esperanza y buenos deseos.

 

Finalmente, lo más cruel de toda esta pesadilla es que no vamos a aprender mucho de ella, y que, en algún futuro, y en cierta forma, terminaremos repitiendo muchos de estos errores. Siempre habrá quienes traten de sacarle el mayor provecho al mundo y a la sociedad, en beneficio propio, sin importarles las consecuencias; así como también siempre habrá quienes permitan todo ello. Es decir, ésta es la eterna e inmodificable historia del mundo y la humanidad, aunque ahora en dimensiones globalizadas y aterradoras.